Elsa se arrebujó en la manta intentando no llorar, mientras su amiga la miraba con una mezcla de cariño y paciencia.
- No puedo entender cómo no se da cuenta del daño que me hacen sus apariciones fugaces en mi vida -dijo sorbiendo la nariz.
- Supongo que él se habrá repuesto de la ruptura y quiere saber qué tal estás -respondió Graciela con delicadeza.
- ¡Mal, estoy mal! -estalló Elsa-.Y lo poquitito que consigo avanzar, lo retrocedo cada vez que tengo noticias de él. Mis heridas están aún sangrantes, ni siquiera son cicatrices...
- Lo sé, por eso te pido que dejes de pensar en él -le rogó colocándole una mano sobre la rodilla-. Eso sólo te hace daño a ti.
- Pero es tan complicado.... -Elsa tenía la mirada clavada en el infinito y comenzaba a ver borroso a causa de las lágrimas-. Es que para mí no fue un juego de dos. Sigo enamorada de él y, aunque lo intente, mi corazón no se puede apagar como si tuviese un interruptor.
Graciela suspiró, le dolía mucho ver el sufrimiento de su amiga.
- ¿Crees que podremos ser alguna vez amigos? -preguntó Elsa esperanzada.
- ¿Tú quieres serlo?
- Sí -su respuesta fue instantánea. No hubo atisbo de dudas.
- Pues entonces lo seréis. Pero no ahora, Elsa, todavía es demasiado pronto. Deja que pase el tiempo para que se puedan curar tus heridas.