Los músicos aparecieron por una de las puertas laterales y tomaron posiciones en el diminuto escenario fabricado con viejos tablones grisáceos. Los ojos despiertos de Irlanda volaron por toda la sala y Gabriel supo, sintiendo una mezcla de orgullo y satisfacción, que lo buscaban a él. Sus miradas se cruzaron durante un instante dilatado hasta el infinito y del rostro de la chica brotó la más bonita de las sonrisas.
La primera canción que tocaron era rápida y pegadiza, de esas que se te cuelan dentro contagiándote de su alegría. Gabriel observaba los diminutos dedos de Irlanta volar sobre las cuerdas tensas del violín, mientras sus rizos del color del fuego bailaban sobre sus hombros y su espalda. Como no podía ser de otra manera, sintió el impulso de dibujarla. Extrajo una hoja de papel de su carpeta y comenzó a hacer trazos rápidos con el carboncillo. Al principio no era más que un conjunto de líneas sin sentido, pero poco a poco fueron tomando forma.
Cuando terminó el dibujo y lo tuvo entre las manos, algo en su interior se conectó y sintió pánico. Dejó su obra sobre la barra y abandonó el local tan rápido como si este hubiese estado en llamas.
Podéis leer el resto de la historia de Gabriel aquí.