Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel. Mostrar todas las entradas

22 de mayo de 2011

El concierto

Los músicos aparecieron por una de las puertas laterales y tomaron posiciones en el diminuto escenario fabricado con viejos tablones grisáceos. Los ojos despiertos de Irlanda volaron por toda la sala y Gabriel supo, sintiendo una mezcla de orgullo y satisfacción, que lo buscaban a él. Sus miradas se cruzaron durante un instante dilatado hasta el infinito y del rostro de la chica brotó la más bonita de las sonrisas.
La primera canción que tocaron era rápida y pegadiza, de esas que se te cuelan dentro contagiándote de su alegría. Gabriel observaba los diminutos dedos de Irlanta volar sobre las cuerdas tensas del violín, mientras sus rizos del color del fuego bailaban sobre sus hombros y su espalda. Como no podía ser de otra manera, sintió el impulso de dibujarla. Extrajo una hoja de papel de su carpeta y comenzó a hacer trazos rápidos con el carboncillo. Al principio no era más que un conjunto de líneas sin sentido, pero poco a poco fueron tomando forma.
Cuando terminó el dibujo y lo tuvo entre las manos, algo en su interior se conectó y sintió pánico. Dejó su obra sobre la barra y abandonó el local tan rápido como si este hubiese estado en llamas.

Podéis leer el resto de la historia de Gabriel aquí.

11 de mayo de 2011

Después se largaría

Empujó la pesada puerta con la mano y entró sin vacilar. Gabriel no sabía qué era lo que estaba haciendo allí exactamente. Echó una ojeada. Apenas había diez personas en el local contando al camarero. Se acercó a la barra y pidió una cerveza, tendría que esperar.
- ¿Falta mucho para el concierto? - preguntó mientras daba un gran trago a su bebida.
- Unos diez minutos - respondió el camarero.
- No parece que vaya a venir mucha gente - comentó.
- Aún están empezando y casi nadie les conoce. Pero no son malos.
Gabriel asintió sintiendo cierta decepción. Esperaba algo más... simplemente algo más. Se sentó en un taburete prometiéndose que se quedaría para escuchar una única canción y que después se largaría.

Hacía tiempo que no retomaba la historia
de Gabriel y lo he hecho a petición de SimpleGirl.
Podéis leer el resto de su historia aquí.

22 de diciembre de 2010

Irlanda

Irlanda. La chica con la que compartía mesa se llamaba Irlanda y, curiosamente, tocaba el violín en un grupo de música celta. Era lo primero que había descubierto de ella, bueno, eso y que era incapaz de dejar de sonreír. Gabriel se preguntaba si no le dolerían las mejillas al tener los músculos comprimidos y en tensión durante horas.
- En realidad no me dedico a la música profesionalmente -le aclaró-. Me gustaría, pero tal y como están las cosas ahora, no me daría ni para pagarme el alquiler. Trabajo en una librería y con eso, me las arreglo bastante bien.
Gabriel se sintió identificado con ella en cierta manera. Él también tenía una vocación creativa a la que no podía dedicarse si quería pagar las facturas, la pintura.
- Y ¿qué haces ahora con el violín? ¿Vas a ensayar? -curioseó sintiendo algo más de interés por la  desconocida de ojos grandes y almendrados.
- Lo cierto es que vamos a dar un concierto en un bar dentro de un par de horas. Por eso estoy aquí haciendo tiempo -contestó llevándose la taza humeante a la boca. Después se relamió los labios para eliminar las marcas de chocolate y Gabriel pensó que sería algo gracioso de retratar-. ¿Te gustaría venir a escucharnos tocar?
La pregunta arrastraba una mezcla de ilusión y entusiasmo desbordantes. Dos emociones que Gabriel no había experimentado desde los últimos... bueno, más bien nunca.
- Te agradezco la proposición, pero tengo mi tren sale dentro de media hora. Quizás en otra ocasión -dijo educadamente.
- Quizás... -murmuró Irlanda.
Cuando volvió a sonreir, sus labios no mostraron la misma alegría.

18 de diciembre de 2010

Una hora de espera

~Genial...~ pensó Gabriel al ver que había perdido el tren y tendría que quedarse una hora tirado en el centro.
Si es que cuando las cosas podían salir mal, salían mal sin remedio.
Salió de la estación con su carpeta de dibujos bajo el brazo y las manos metidas en los bolsillos. Hacía un frío horrible y no tenía ganas de dar vueltas por ahí buscando una buena imagen que pintar para entretenerse. Se metió en la primera cafetería que encontró abierta. Estaba abarrotada hasta los topes. No entendía por qué la gente salía de casa para dar un paseo y, luego, se enclaustraban en bares y cafeterías porque el tiempo era demasiado desagradable para caminar.
Buscó con la mirada alguna mesa que estuviese vacía, parecía que no iba a tener suerte, hasta que la encontró. Estaba medio escondida en un rincón.
Avanzó hacia ella atravesando el maremagnum de cuerpos apelotonados y la alcanzó en el momento en que otra persona desplazaba una de las sillas para sentarse.
-¿Tú también venías a por la mesa? -le preguntó una chica menuda, vestida con un abrigo rojo y una boina estilo francés del mismo color.
Gabriel asintió.
-Podemos compartirla si quieres, yo estoy sola -sugirió ella-. Es decir, si no has quedado con nadie.
Él sopesó la idea durante unos instantes. No le apetecía soportar el parloteo de una desconocida durante el tiempo que le quedaba de espera, aunque la idea de salir del calor del local para volver a buscar otra cafetería era menos atrayente si cabía.
-Vale -aceptó-. Yo también estoy solo.
Al momento de decirlo se dio cuenta de que el significado de sus palabras era mucho más profundo de lo que a simple vista podría aparentar.

Conoce un poquito más de Gabriel

7 de diciembre de 2010

De cañas

- Tienes que olvidarla y dejar de martirizarte de esta forma -dijo Marcos seriamente a su amigo.
Gabriel bajó la mirada hacia el vaso ancho que aún contenía más de la mitad de su cerveza y comenzó a toquetearlo con los dedos. No le gustaba nada que Marcos tomase el papel de hombre sensato, cuando ambos sabían que era el más alocado de los dos.
- Créeme que lo intento -respondió él.
- Quizás si salieses con otras chicas... -probó Marcos.
- Ya lo hago -dijo Gabriel suspirando y recordando su última conquista. Tan vacía y predecible como las otras.
Marcos le miró desconfiado, no se lo acababa de creer.
- ¿Quieres que te enseñe mi libreta de desnudos? -inquirió Gabriel molesto por el escepticismo de su amigo.
- No hace falta -replicó Marcos cortante-. Sólo quiero decir que sería bueno que las dejases abrirse a ti.
- Créeme -comentó Gabriel con una sonrisa petulante en los labios-, ya lo hacen.


¿No comprendes a Gabriel? 
Aquí sabrás por qué se comporta así

16 de noviembre de 2010

Media hora después

La chica estaba tumbada sobre la cama con la mirada perdida en la ventana. Gabriel plasmaba su voluptuosa silueta en el papel. No sabía de dónde había sacado la costumbre de retratar a sus conquistas, pero se había convertido en un ritual para él.
- ¿Qué vas a hacer con el dibujo? -preguntó ella echándose el pelo hacia un lado. Un pecho se le quedó al descubierto.
- Lo guardaré en casa junto al resto de retratos -respondió él, concentrado en dar volumen a su obra por medio del sombreado.
- ¿Me dejarás verlos? -indagó.
- No -negó Gabriel de manera cortante.
- ¿Por qué? -inquirió ella contrariada.
- Porque eso sólo lo podrá hacer alguien especial.
- ¿Y yo no lo soy? ¡Pero si nos acabamos de acostar!
- Por eso mismo lo digo.

¿No comprendes a Gabriel? 
Aquí sabrás por qué se comporta así

10 de noviembre de 2010

Gabriel

Sentado en las escaleras de la estación, junto al andén dieciséis estaba Gabriel. Con su libreta de dibujo sobre las rodillas y un carboncillo entre los dedos. Llevaba algo más de dos horas en la misma posición, garabateando el papel en blanco para darle forma y vida.
Le gustaba retratar momentos fugaces, de esos que emocionan cuando los presencias. Los que dejan su impronta.
Se sentía especialmente atraído por las despedidas.
Le habían dicho más de una vez que era una especie de genio atormentado que disfruta haciéndose daño mientras da forma a su obra. Y era cierto. Él había vivido una desgarradora despedida en la que le habían arrancado el corazón. Pero se sentía satisfecho porque ¿acaso no versa sobre eso el amor? 

Sí. El amor es el glorioso acto de robar almas.