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8 de noviembre de 2010

El temporal

Un temporal acechaba su pequeña ciudad y ella, al igual que los otros niños, tenía que aguantarse y dejar que su madre la vistiese igual que para ir al polo norte. Así que salió a la calle con el gorro de lana verde que le tapaba las orejillas y la bufanda subida hasta la punta de la nariz.
Miró con el ceño fruncido al cielo. Ni una sola gota. Pero eso no la desanimó, porque Azul tenía otro motivo para abrir su paraguas nuevo de lunares rojos.
Con gesto decidido, liberó sus pequeñas manos del calor de sus manoplas y se las guardó en los bolsillos el abrigo. Después se encaramó trepando a lo más alto de un banco de madera que se había cruzado en su camino.
El viento era tan fuerte que desequilibraba sus pies, sin embargo eso era justo lo que necesitaba. Abrió su bonito paraguas y se agarró bien a él. En cuestión de segundos, una ráfaga la levantó del suelo. Observó ilusionada cómo se elevaba por los aires aterrizando a dos metros de distancia. Éste había sido su primer vuelo, después vendrían muchos más.

29 de octubre de 2010

Azul

Ella no era una niña cualquiera y su nombre tampoco era un nombre cualquiera. Se llamaba Azul. Azul porque ese era el color del cielo el día que nació, azul porque ese era el color de sus ojos. Su madre solía preocuparse porque no jugaba a las muñecas con las demás niñas, y creía que su pequeña era infeliz. Pero es que a Azul no le gustaba hacer lo mismo que hacían las otras niñas. 

Ella era especial.

Conseguía ver la belleza que había en todo cuanto la rodeaba. Esa belleza que pasaba desapercibida para todos los demás. Un día había llegado tarde a clase porque se había entretenido contando los puntitos negros de una mariquita. Otro día se había ganado una buena reprimenda por haberse puesto perdida de barro. Pero si no podía chapotear en el barro con sus katiuskas nuevas, entonces ¿para qué servían? Y es que Azul era una niña incomprendida, aunque ella no lo veía de esa manera. Azul creía que era ella la que no comprendía a los demás.