Un temporal acechaba su pequeña ciudad y ella, al igual que los otros niños, tenía que aguantarse y dejar que su madre la vistiese igual que para ir al polo norte. Así que salió a la calle con el gorro de lana verde que le tapaba las orejillas y la bufanda subida hasta la punta de la nariz.
Miró con el ceño fruncido al cielo. Ni una sola gota. Pero eso no la desanimó, porque Azul tenía otro motivo para abrir su paraguas nuevo de lunares rojos.
Con gesto decidido, liberó sus pequeñas manos del calor de sus manoplas y se las guardó en los bolsillos el abrigo. Después se encaramó trepando a lo más alto de un banco de madera que se había cruzado en su camino.
El viento era tan fuerte que desequilibraba sus pies, sin embargo eso era justo lo que necesitaba. Abrió su bonito paraguas y se agarró bien a él. En cuestión de segundos, una ráfaga la levantó del suelo. Observó ilusionada cómo se elevaba por los aires aterrizando a dos metros de distancia. Éste había sido su primer vuelo, después vendrían muchos más.