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12 de diciembre de 2010

La Martidad

Las luces de navidad, los villancicos, las bufandas de colores y los gorros con pompón. Martina lo observaba todo sobrecogida por su magia, dejando que una alegre sensación se instalase justo encima del ombligo. Era como el hormigueo que sentía de pequeña antes de levantarse de la cama para abrir los regalos de reyes.
Notó la mano de Pablo buscando la suya y dejó que la encontrase.
Él necesitaba sentirla cerca a cada momento, ella no. Sin embargo, le gustaba el calor que esta radiaba al entrelazar los dedos con los suyos, un calor que se le metía por la piel, fluía por sus venas y le inundaba el corazón.
Y es que Pablo era un sol cálido y agradable que iluminaba sus sombras y derretía el hielo que llegaba a instalársele dentro, muy dentro, donde casi nadie se atrevería a mirar. Ni siquiera la propia Martina.

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26 de noviembre de 2010

Cena para dos - segunda parte -

Tomó la pequeña cajita forrada con tela azul ente sus manos, su tacto era suave. El corazón le palpitaba tan rápido que parecía una locomotora a punto de explotar. No quería abrirla, eso sólo la llevaría a enfrentarse cara a cara con la realidad. Prefería echar a correr ahora mismo, rápido, muy rápido, hasta llegar a su cama y poder taparse con el edredón. Como si su cama fuera otro mundo alternativo, uno que le gustaba mucho más que el de verdad.
Levantó la vista para ver la cara ilusionada de Pablo. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo se lo iba a decir? Tenía miedo a romperle el corazón y eso era algo que no se podía solucionar con un par de tiritas...
Después de unos segundos que parecieron eternos, se armó de valor y la abrió. En su interior, colocado sobre el forro, había un pequeño objeto, pero no era en absoluto lo que Martina esperaba. Era una diminuta llave dorada.
- La llave de mi corazón- aclaró él, casi avergonzado.
Martina no pudo reprimir un gritito de alegría y se abalanzó sobre él, que la esperaba, como siempre, con los brazos abiertos.

¿Despistad@? Lee la primera parte

23 de noviembre de 2010

Cena para dos

Pablo encendió las velas alargadas que había sobre la mesa del salón y la tenue luz titilante alumbró los pómulos de Martina. Le gustaba que él tuviese este tipo de detalles, una cena para dos en la intimidad, platos deliciosos hechos especialmente para ella. Sonrió al imaginárselo con el mandil manchado de salpicaduras de aceite y la cara llena de harina.
- Esta vez hay plato único -comentó Pablo adentrándose en la cocina.
Martina olisqueó el aire y sus ojos se iluminaron.
- ¿Merluza en salsa verde? -tanteó.
Pablo regresó con una fuente humeante entre las manos, perfectamente presentada.
- No sé cómo lo haces... Realmente tienes un don.
- Es fácil cuando se trata de mi plato preferido -replicó encogiéndose de hombros-. ¿Qué es lo que celebramos?
- Nada -respondió él de forma pícara.
- No me lo creo -afirmó Martina-. Estás demasiado sonriente.
- Está bien -reconoció Pablo-. Quería dártelo después de la cena, pero supongo que no importa.
Extrajo una cajita azul del bolsillo y la deslizó sobre la mesa hasta que tocó sus dedos.
Martina se temió lo peor. ¡¿No estaría a punto de pronunciar la palabra que empezaba por m?!

Por si te preguntas ¿quién es Martina?

11 de noviembre de 2010

El despertar de Martina

El ronroneo de su gato Moca contra su cara la despertó. Martina apartó la nariz de su lomo peludo y estornudó, después se estiró hasta que los dedos de los pies aparecieron por fuera del edredón.
El sol entraba a raudales por la ventana. Siempre dormía con la persiana levantada y las cortinas descorridas, así la luz del nuevo día podía entrar a saludarla. Frente a su cama había una mesita redonda, y encima un jarrón. Las flores estaban ya marchitas y muchos de sus pétalos se habían desprendido.
Sonrió. No las iba a tirar. Eran un regalo de Pablo y se quedarían allí hasta que le comprase unas nuevas. Pero era un secreto, él no sabía que guardaba sus regalos con tanta devoción, y nunca lo sabría.

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7 de noviembre de 2010

Martina

Se colocó el bañador de natación estirándolo y dejando que la goma le diese un cachete en el culo. Le gustaba el sonido que hacía y que todas los rostros de la piscina se girasen a mirarla.
-A ti lo que te gusta es llamar la atención- dijo él colocándose a su lado.
Martina sonrió para sus adentros y en la superficie mantuvo una expresión de inocencia. Era tan fácil incomodarlo...
Se zambulleron de cabeza cada uno en un lado del carril. El agua templada era como un bálsamo para ella, limpiaba su mente de todos aquellos sinsentidos que se amontonaban en su cabeza. Daba brazadas como si huyese de algo real, aunque de lo único que huía era de ella misma.
Media hora cronometrada y después una buena ducha. Cada dos días la misma rutina.
Salió del edificio con el pelo empapado y los ojos rojos por el cloro. Él vino detrás.
-¿Vienes esta noche a dormir a mi casa?
-Esta noche no -contestó Martina dándole un beso en la barbilla y alejándose. Sabía que tendría sus ojos clavados donde terminaba su espalda, él siempre seguía cada uno de sus movimientos.