Las luces de navidad, los villancicos, las bufandas de colores y los gorros con pompón. Martina lo observaba todo sobrecogida por su magia, dejando que una alegre sensación se instalase justo encima del ombligo. Era como el hormigueo que sentía de pequeña antes de levantarse de la cama para abrir los regalos de reyes.
Notó la mano de Pablo buscando la suya y dejó que la encontrase.
Él necesitaba sentirla cerca a cada momento, ella no. Sin embargo, le gustaba el calor que esta radiaba al entrelazar los dedos con los suyos, un calor que se le metía por la piel, fluía por sus venas y le inundaba el corazón.
Y es que Pablo era un sol cálido y agradable que iluminaba sus sombras y derretía el hielo que llegaba a instalársele dentro, muy dentro, donde casi nadie se atrevería a mirar. Ni siquiera la propia Martina.
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